Cuentan los viejos del camino que, hace muchos años, un peregrino salió solo rumbo a San Juan de los Lagos, caminando de noche para cumplir una manda. La luna apenas alumbraba el empedrado y el silencio era tan pesado como el cansancio en sus piernas.
A mitad del trayecto, sin escuchar pasos ni voces, sintió que algo se le subió a la espalda. No eran manos… era un peso muerto, frío, que le hundía los hombros y le cortaba la respiración. Intentó voltear, pero el cuerpo no le respondió. Pensó que era el agotamiento… y siguió caminando.
Lo que él no sabía era que quienes se lo cruzaban se detenían aterrados.
Algunos se persignaban.
Otros se hacían a un lado llorando.
Porque todos veían lo mismo:
el peregrino cargaba a una viejita encorvada, vestida de negro, con el rostro hundido y los pies arrastrando el suelo… pero él iba solo.
Cada paso que daba, el peso aumentaba. Sentía un aliento helado en la nuca, y un murmullo que nadie más escuchaba. Aun así, no se detuvo. La fe lo empujó hasta que, ya de madrugada, alcanzó por fin el templo de San Juan de los Lagos.
Cayó de rodillas frente a la entrada.
En ese momento, un hombre se le acercó pálido y temblando, y le dijo en voz baja:
Desde kilómetros atrás… vienes cargando a una anciana. Nadie se atrevió a decirte nada. Pensamos que era tu penitencia… o algo peor.
Al escuchar esas palabras, el peso desapareció de golpe. El peregrino sintió un frío profundo y un susurro pegado al oído:
—Gracias… ya llegué.
Desde entonces, dicen que en los caminos a San Juan, cuando alguien camina solo de noche y siente que el cansancio pesa más de lo normal…
no siempre es el cansancio. 👁️🕯️
