Lo que debería ser información para la ciudadanía hoy termina como basura en el pavimento. Revistas y folletos de propaganda política, distribuidos sin control, aparecen abandonados en calles y banquetas, convirtiéndose en contaminación visual y ambiental.
El caso retratado en la imagen es claro: publicaciones partidistas —lejos de generar interés real— acaban tiradas, mojadas, pisoteadas y olvidadas. No informan, no dialogan y sí ensucian.
Más allá del contenido, el problema es el modelo de difusión: miles de impresos financiados con recursos públicos o privados que no llegan a los ciudadanos, pero sí a coladeras, alcantarillas y barrancas. Papel que obstruye drenajes, incrementa la basura urbana y refleja una práctica política anacrónica.
Resulta paradójico que, mientras se habla de “conciencia social” y “regeneración”, la propaganda de partidos como Morena termine contribuyendo al desorden urbano. La política que presume cercanía con el pueblo no debería dejar su rastro en el suelo.
Vecinos consultados coinciden: no pidieron revistas, no las leen y terminan barriendo lo que otros reparten. La pregunta es inevitable:
¿Quién asume la responsabilidad por esta contaminación? ¿Quién recoge lo que se tira?
En tiempos de crisis ambiental y desconfianza ciudadana, seguir imprimiendo toneladas de propaganda no es comunicación: es desperdicio. La política moderna exige menos papel y más hechos. Porque cuando el mensaje acaba en la basura, el mensaje ya fracasó.
